A veces nace como una molestia, una incomodidad, uno que otro dolor de cabeza, pesadillas, pena repentina, ¿te ha pasado que no sabes de dónde viene el dolor que estás sintiendo?

 

Puede ser en términos generales, que si te duele la espalda puedas apuntar a algún movimiento mal hecho, a cómo dormiste y a tantos otros factores, pero ¿te has detenido a escuchar tu propio dolor? Me refiero con esto a darte unos minutos para sentir el dolor, indagar en él, tocar ese espacio, concentrarte en meditar y en concientizar los pensamientos y las emociones que surgen.

 

Muchas veces puede suceder que busquemos soluciones externas para dolores que se presentan externamente pero que vienen internamente, y si bien resultan ser milagrosos paliativos, no debemos olvidar que el germen sigue dentro tuyo (esto obviamente cuando una afección física responde a una somatización o baja de defensas) y que eventualmente debemos solucionar o darle espacio a esas voces para que puedan decirnos lo que tienen para decir.

 

No olvidemos que nuestro sistema es sabio, que, si bien puede dañarse en el entorno, puede fortalecerse y protegerse desde dentro, toda estrategia suma; desde la comida, el ejercicio, la meditación, la terapia, la risa, lo que vemos, lo que escuchamos, etc.

 

¿Y cómo voy a saber si aquello que viene a mi mente es realmente lo que se conecta con mi dolor? Probando, repitiendo, haciéndote experta de escucharte, tener confianza en lo que piensas, tu más que nadie, aunque no estés segura, lo sabes.

Josefina Cerda

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Escuela Natalia Dufuur
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