Tanto nos han enseñado sobre lo que es ser “señorita”, no molestar, no interrumpir, no corregir, no decir no, que calladita te ves más bonita, que por qué piensas tanto, eres muy neurótica, histérica, estresada y tantas maneras fabulosas que el patriarcado ha construido para lapidar nuestra autoestima y volvernos sumisas.

Es increíble la sensación de pedir permiso para existir, es algo que me pasa mucho, como si mi presencia, mis opiniones o creaciones en este mundo son innecesarias y que mejor me quedo bien piola a que pase el día y la noche hasta que muera sin haber perturbado la existencia de nadie. De dónde viene este condenable silencio, esta sensación de constante error, de síndrome de impostora, de pensar firmemente que no tenemos nada que aportar. No siento que sea algo únicamente mío, muchas veces tenemos como propio de nuestra personalidad o de nuestra existencia patrones que devienen de siglos anteriores, miedos que nos corresponden, energías que captamos desde otros y por eso quiero escribir esta columna.

Quiero que hagamos el ejercicio de hacernos consciente de decir, de expresar y sacar fuera desde lo más profundo de nuestras agallas y nuestro estómago aquello que preferimos, que deseamos y que anhelamos, aquello que no transamos y lo que no nos parece correcto. Hazlo y mira que pasa, mira que aún estás sobre tus pies, que aún te tienes y que con eso es más que suficiente. Decir es una situación vertiginosa, porque nos educan con frases del tipo “por la boca muere el pez” o “uno es esclavo de sus palabras y dueño de su silencio” y si, creo que el silencio es maravilloso porque es una situación de receptividad que nos permite conocer un montón, pero pucha que nos cuesta decir. No sé si será algo más de cultura nacional, pero me llama mucho la atención esa constante mala o escasa comunicación que generamos en torno a nuestra interioridad.

Obviamente no quiero instar a que la verborrea devenga desde el daño a otrx o a unx mismx, de a poco uno va equilibrando, controlando y editando lo que comparte, pero hoy me estoy refiriendo a situaciones más básicas de silencio, donde no debía estar, aquellas situaciones donde nos congela el miedo, donde nos invalidan y nos apagan comunicacionalmente.

Yo no creo que por la boca muere el pez, muchas veces se lo comen otros seres del mar, y en última instancia, debemos aprender que lo que expresamos hoy puede que no nos represente en el futuro y eso está perfecto, se llama evolución y es maravilloso que podamos cambiar. ¿No les ha pasado por ejemplo que solo pueden cerrar un ciclo de relación diciendo todo lo que tenían dentro a aquella persona? qué increíble cómo tenemos la necesidad imperante de expresar y de verbalizar, y como al verbalizar todo se vuelve un poco más real.

Hablemos, opinemos, construyamos realidad, digamos aquello que tenemos guardado; como dice la canción “Hay que sacarlo todo afuera como la primavera, nadie quiere que adentro algo se muera”. Decir es florecer nuestro interior.

y a ti, ¿qué te faltó decir?

 

Por Josefina Cerda

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Escuela Natalia Dufuur
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