De todos los años de mi corta vida, y de todos mis aprendizajes laborales, corporales, emocionales, me he dado cuenta que solo hay una clave para la tranquilidad y cambio profundo: la constancia.

 

La constancia a diferencia de cómo muchas personas la perciben, no significa perfección, sino que significa la continuación de un ritmo en el tiempo que permita la repetición de una serie de acciones.

 

Junto con la constancia viene intrínseca y pariente fundamental de ella; la paciencia, como se le dice la madre de todas las ciencias, lo cual significa que a diferencia de aquellos cambios radicales de un segundo a otro, los cambios a través de la constancia requieren aprender también a aburrirse, porque hemos aprendido que la entretención debe ser inmediata, y en la constancia no hay inmediatez.

 

Es como aprender a ver la vida desde un nuevo cristal, sin apuro pero con convicción de que cada grano, cada día, cada gesto, cada momento que elijo repetir mi acción es un aporte a algo mayor.

 

Trata tus procesos personales como tratas a tu cabello, no en el sentido de cuidado capilar, si no que en el sentido de entender y aceptar que lleva su tiempo, incluso años que crezca apenas unos centímetros; que hay algunos meses en los que no crece nada y otros que se estimula, pero nunca detiene su acción y eventualmente llegará el largo, sin pausa y sin prisa.

 

Por: Josefina Cerda (@josafana)

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Escuela Natalia Dufuur
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