Cuando hablamos de que la danza puede ser un espacio altamente terapéutico nos referimos aquello en diversos ámbitos, desde el desarrollo del trabajo físico, muscular, motor, emocional, mental, sexual y social.

Pero ¿qué es lo que ocurre cuando trabajamos con movilidad que nos ayuda a entendernos mejor en diversos ámbitos?

Por lo menos desde el aspecto físico, se activa un sentido muy interesante llamado la “propiocepción”, quisiera parafrasear la definición de éste pero he encontrado las palabras precisas de la mano de Wikipedia: “sentido que informa al organismo de la posición de los músculos, es la capacidad de sentir la posición relativa de partes corporales contiguas. La propiocepción regula la dirección y rango de movimiento, permite reacciones y respuestas automáticas, interviene en el desarrollo del esquema corporal y en la relación de este con el espacio, sustentando la acción motora planificada. Otras funciones en las que actúa con más autonomía son el control del equilibrio, la coordinación de ambos lados del cuerpo, el mantenimiento del nivel de alerta del sistema nervioso y la influencia en el desarrollo emocional y del comportamiento”

En palabras resumidas, la propiocepción es una forma de nombrar lo que entendemos por conciencia o conexión corporal. Nos hace estar más alerta, adaptarnos mejor, entender nuestra movilidad y nuestro cuerpo, e incluso trabajar nuestras herramientas emocionales, ¿Por qué emocionales? Porque finalmente al aprender sobre nuestro cuerpo también estamos aprendiendo a leer otros, es algo como aprender un idioma, de esta manera seremos más capaces de ser precisas en cómo nos expresamos y podremos decodificar otras emocionalidades.

Somos cuerpo, estamos encarnadas, y ante eso podemos amistarnos con nuestra existencia mediante trabajos tan amenos como el baile, ya mencionamos en otra ocasión que lo que sucede neuronalmente al bailar es fascinante porque no solo estamos activando nuestra propiocepción sino que también estamos escuchando, emocionandonos, interpretando. Es una operación muy compleja que damos por sentado; el hecho es escuchar un ritmo y enviar la señal nerviosa de hacer que tu cuerpo reaccione extra cotidianamente al pulso de ese ritmo en movimientos que no son los que usualmente utilizamos en nuestro día a día, es un esfuerzo no solo físico, si no como decíamos también mental/emocional.

Finalmente, al bailar no solo conectamos con una clase, con una expresión externa si no que también se trabaja nuestro mundo interno: “A diferencia de los cinco sentidos de exterocepción (visión, gusto, olfato, tacto y audición) por los que percibimos el mundo exterior, la propiocepción es un sentido de interocepción por el que se tiene conciencia del estado interno del cuerpo”.

Para entender cómo funciona y hacernos conscientes del trabajo de este sentido, podemos hacer un ejercicio muy sencillo. Antes de la clase que vayas a tomar cierra los ojos y haz un recorrido por tu cuerpo, ¿Qué te duele? ¿Qué sientes tenso? ¿Qué parte del cuerpo olvidaste? ¿Dónde suenas? ¿Cómo está tu temperatura? ¿Cómo está tu respiración? Luego haz la clase y al finalizar recorre esos mismos lugares que te llamaron la atención, revisa cómo cambió tu cuerpo. Esto te ayudará a ver los bellos pequeños e importantes cambios que ocurren cuando siquiera nos movemos un rato.

¿Y tú? ¿Qué cambios se te han hecho conscientes en relación a tu cuerpo desde que estás bailando?

Por Josefina Cerda (@josafana)

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Escuela Natalia Dufuur
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