Nos reímos de esto, porque muchas veces nuestros placeres culpables son rarezas o morbos en el plano del gusto, pero ¿por qué tenemos tan asociado el placer a la culpa?

 

Entendiendo que vivimos en un entramado social que se ha encargado de utilizar la culpa como un elemento autoregulador ético/moral en la vida de las personas, es que podemos acercarnos un poco a la pregunta y a la respuesta. La culpa viene a ser ese sentimiento de responsabilidad, horror de nosotros mismos y castigo que empleamos para mantenernos en la línea de la bondad, pero ¿qué es lo bueno y por qué el placer no sabe en esa categoría?

 

Cuando hablamos de placer, estamos apostando a la experiencia subjetiva de la persona, refiriéndonos a la validación del goce y de la emocionalidad por sobre la productividad laboral y moral cristiana. O sea, ponernos en el plano del placer puede significar el salirse de un montón de reglas y formas de comportamiento que mantienen ciertos sistemas funcionando (capitalismo y patriarcado por ejemplo).

 

Entonces el placer culpable, es aquel goce, aquella experiencia personal que sale de las normas de aquello que es aceptable de disfrutar. Aquello que se resiste a contenerse y a mantenerse en las sombras, tener placer culpable es aceptar nuestra condición de base y sistema de valores pero aún así disfrutar de aquello aunque sepamos que no está en lo “correcto”.

 

Y para nosotres que nos encanta subvertir las lógicas conservadoras de la sensualidad, NOS FASCINAN LOS PLACERES CULPABLES. Porque los validamos solo como una experiencia más de nuestra erótica vida.

 

¿Qué placer culpable tienes?

Por Josefina Cerda (@josafana)

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Escuela Natalia Dufuur
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