Alguna vez leí que las mujeres suicidas se preparaban para quitarse la vida y optaban, a diferencia de los hombres, por métodos no violentos, cuidando de no desfigurarse la cara. Y así, eran encontradas hermosamente desangradas y luego lucían majestuosas, perfectamente depiladas y con su mejor ropa interior en la mesa de lata de la morgue. Así me sentía y sentía que no había vuelta atrás.

Esa primera vez incluyó muchas primeras veces. Fue, por ejemplo, la primera vez que vi en vivo otros pezones que no fueran los míos; fue, también, la primera vez que me arrastré y rodé por el piso con un grupo de mujeres; y fue la primera vez que el tema casual de conversación era la cantidad de ropa que cada una estaba dispuesta a quitarse. Fue, en definitiva, la primera vez que me sentí en comunidad con otras.

Este sentido de pertenencia se construyó en un proceso lento. No puedo negar que las primeras veces me deslicé por el piso de mala gana, porque no entendía el sentido de los ejercicios. Recuerdo la primera vez en que todas las demás, sentadas en círculo, cerraron los ojos para fingir orgasmos, emitiendo ruidos animalescos y yo me quedé muda, con los ojos abiertos, observándolas perpleja, preguntándome si ser honesta me convertía en una peor compañera sexual.

El día anterior fui a retirar mi vestido a un pequeño local de costura en una galería de calle Merced, a un costado de la Plaza de Armas. Era un vestido largo, negro y brillante, que compré en la ropa americana de la calle Bandera. El día de la compra, llevé mi corsé y lo apreté y aflojé tantas veces como vestidos llevé al probador. Este vestido se ajustaba perfectamente a mi falsa silueta de reloj de arena, pero era completamente cerrado, así que le pedí a la costurera que ideara la manera de poder quitármelo rápidamente. Por suerte, ella no preguntó nada, pues no sé cómo le habría explicado el para qué si me consultaba. Cuando me entregó el vestido, me explicó que cortó los tirantes y los volvió a unir con un disimulado velcro. Gracias a ese simple artificio, sólo era cuestión de tirar con sutil violencia y el vestido se deslizaba por mi modelada cintura, cayendo al piso; entonces sólo hacía falta dar un paso hacia adelante y deshacerse de él.

Los guantes que usaría eran los de mi graduación, cuando por primera vez quise lucir como Rita Hayworth en “Gilda”. Cubrían hasta el antebrazo y eran de una sedosa tela negra. Los guardé por diez años en una caja de cartón, junto a un montón de cartas de mi ex pololo. Cuando los compré, no pensé que los volvería a usar y, mucho menos, que los perdería tantos años después en medio una multitud.

Seguían a los guantes una serie de calculados detalles que completaban la transformación para borrarme a mí misma: ropa interior, portaligas, stilettos, un tocado y un collar. Todo era negro, suave y brillante. Lo único que rompía con el oscuro vestuario era una boa de plumas rojas, cuya función principal era taparme un poco cuando no quedara ropa y tuviera que quedarme inmóvil durante algunos pocos, pero larguísimos, segundos, forzando una pose y ofreciendo una última sonrisa; porque, aunque quisiera, no podía salir corriendo una vez finalizada la canción.

La fecha la guardé con recelo porque no quería invitados. Una de mis compañeras, Paula, me contó que sus colegas del trabajo la habían tildado de fácil cuando supieron lo que estaba haciendo. “¿Qué tiene que ver ser fácil en todo esto?”, pensé. Nada, no es necesario tanto montaje para ser fácil. Todas estábamos ahí por distintos motivos, pero ninguna estaba menos triste. Muchas asistían para huir de sus maridos e hijos; yo huía de mis miedos irracionales. Además de rodar por el piso y quitarnos la ropa, nos gustaba quejarnos; yo me quejaba de mí misma.

-Mi show es el treinta- finalmente le conté, pues ya era imposible ocultar mi meticulosa preparación.

– ¿Este treinta? ¿En mi cumpleaños? – me replicó.

Asentí con la cabeza.

-No estarás pensando…- me dijo.

– ¡No! – le interrumpí – Esto no es sobre ti.

La verdad es que mis compañeras habían tenido la idea de que en mi show incluyera una escena donde saliera de una torta para cantarle cumpleaños. Con crema en el cuerpo, como en las películas, me dijeron. Cuando pregunté quién me ayudaba a fabricar algo que pareciera una torta gigante, todas guardaron silencio, así que me negué. “Qué bueno”, pensé después.

Días antes, me depilé, me arreglé el pelo y las uñas; e incluso, por primera vez, me puse extensiones de pestañas. Llegado el gran día, la preparación comenzó ocho horas antes. Mi extravagante peinado, que emulaba a las divas del antiguo Hollywood, estaba listo mucho antes de los ensayos generales, así que tuve que deslizarme por el piso con mucho cuidado toda la tarde.

Esto era lo más parecido a un ritual de esas mujeres suicidas que alguna vez leí, porque en mi vida no hacía nada de esto.  Inevitablemente tenía la fantasía de que si mi vida terminaba esa noche protagonizaría la versión más bella de mi muerte.

No morí esa noche. No realmente.

Angélica Ramírez.

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Escuela Natalia Dufuur
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