Wilma Cortés

¡Hola chiquiiiillas!!!- Es el saludo que empecé a escuchar en pandemia y que esperaba cada vez con más ganas. Es la voz alegre de la Naty, que nos mueve las manos, saludando a través de la pantalla del computador. A pesar de las altas cifras de contagio con este nuevo virus creciendo como locas; a pesar de la incertidumbre abriéndose paso en un invierno oscuro. A pesar de las pérdidas y penas del 2020, ese saludo abría un paréntesis en el tiempo.

Un parentesis de lentejuelas, música y sororidad. Siempre me gustó bailar, pero solo cuando le di la libertad a las clases pude amarlo. Fui una niña terriblemente tímida, en un cuerpo siempre más grande que las de mis compañeras, en un colegio de niñass (contexto años 80, dictadura y colegio de monjas) Bailar era para otros cuerpos, otras figuras…para reafirmar la idea estaban los videos musicales y la publicidad.Empecé a bailar tarde, cuando ya nacieron mis hijos y en cada lugar la sombra de esa idea que me vivía como verdad estaba…bailo bien, pero bailar y brillar es para otras, además se sumó la variante “juventud”. Nunca estuve adecuada. Cedí el disfrute por la búsqueda de la perfección que nunca llegaba. -Pah!

Nace mi cuerpo en esta caminata…Abran brazo derecho, Quiero que crezcan dos metros!!- Nos insta la Naty y llevo de la mano a esa niña nunca adecuada de la mano. Con ternura ella se deja crecer, crecer esos dos metros para llenar los espacios. Para ser lo más visible y grande, empujando lejos lo que nunca la dejó ser.

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