Pocas palabras suenan tanto como su significado como la palabra “placer” algo entre el juego de la lengua con la boca, una erre que ronronea al final y tantas imágenes y recuerdos que van cargando aquel aspecto gozoso de nuestra existencia humana.

La dulzura de vivir, la placidez, el goce, muchas veces un bien y escaso en una sociedad que se ha encargado de educar mediante el miedo y el castigo. Qué difícil se ha vuelto la reprogramación terapéutica de nuestra forma de percibir y apostar por el placer. ¿A quién no le ha pasado que se ha visto envueltx en situaciones y elecciones hechas desde la culpa y el temor? Es como si hubiéramos activado el piloto automático. ¿Cuándo nos vamos a poner a disfrutar realmente?

Y es que no es tu responsabilidad, es una realidad invisible pero extremadamente tangible que nadie nos enseña realmente a disfrutar, es como construir una identidad; no existe una manera y normarlo solo nos quitará posibilidades de desarrollo diverso y real. Hace un par de semanas hablaba en terapia sobre mi incapacidad de motivarme para algunas tareas, y no es que no me guste lo que hago, si no que en la situación actual de cuarentena se vuelve cuesta arriba encontrar el impulso preciso. Mi terapeuta, entre muchas otras cosas que conversábamos, me preguntaba cómo estaba yo tratando a mi niña interna. No me lo había cuestionado, y claro, si a la niña no se le celebra, no se le invita con cariño y no se le entrega un refuerzo positivo por lo que hace, ¿cómo pretendes que quiera jugar a lavar los platos contigo?

No se trata de encontrar el placer en los clichés deliciosos de la vida (chocolate, un baño de tina, el sexo), pienso que el placer es una forma de educar, finalmente tantas cosas pueden ser placenteras si generamos el ambiente y la energía, no se trata de cuántas cosas puedo comprar para disfrutar, si no de cómo me planteo y cómo me trató en el hacer cotidiano. Porque si nos seguimos retando, castigando, exigiendo y maltratando por lo que hacemos o no, el juego termina.

Tampoco quiero decir que es 100% un tema de voluntad, como todo proceso terapéutico existen miles de elementos que empañan, presionan y no permiten el goce. Desde traumas, contextos, responsabilidades y patrones.

Por eso, el único consejo que puedo dar es que, aunque parezca extraño de hacer, tratemos de hablarnos en lo posible de una manera amable, para demostrarnos que por lo menos es un placer conocerte.

Por Josefina Cerda (@josafana)

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Escuela Natalia Dufuur
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